Por Lic. Ximena Pía Canosa, consultora especialista de la EDN IDEA
En la era del conocimiento, las organizaciones estables deben dominar dos velocidades: la explotación del negocio actual —donde se busca la eficiencia y se minimiza el error— y la exploración del futuro, donde la innovación requiere adentrarse en territorio incierto.
El gran desafío es que se exige a las personas transitar de una velocidad a otra, un salto que suele fracturar la seguridad psicológica de los equipos si no se gestiona adecuadamente.
Salir de la zona de confort no es un simple ejercicio de voluntad. Para el cerebro, lo desconocido es sinónimo de peligro; lo nuevo requiere energía psíquica, coraje para experimentar y un estado de ánimo que acompañe.
Cuando hacemos algo por primera vez, el desempeño decae temporariamente —»no sale de una»— y esa frustración nos obliga a recuperar la capacidad de encantarnos con la noción de «no sé… voy a probar».
Cuando una empresa exige innovación pero castiga el fallo con la misma rigidez con la que vigila la operación diaria, desata mensajes contradictorios que destruyen la credibilidad. Sin seguridad psicológica, la innovación no emerge.
Los colaboradores no se resisten al cambio por capricho, sino porque temen que la curva de aprendizaje exponga sus vulnerabilidades e impacte en su desempeño.
Para recorrer este camino se necesita perseverancia, no terquedad. La terquedad es ciega, nace del ego y repite el error; la perseverancia es inteligente, flexible y rediseña el rumbo basándose en datos.
En la exploración, el error no es una falla de ejecución, sino una inversión en el aprendizaje para generar hipótesis, analizar hallazgos y diseñar futuro.
Esta transformación requiere capacidades profundas: gestión emocional, neuroplasticidad y coraje. No se logra bajo presión. Para que alguien suelte amarras de la zona de confort, debe confiar en la solidez del barco.
Cuando logramos reemplazar el miedo por la curiosidad de descubrir nuestro propio potencial, la resistencia se disuelve. La gestión del cambio no tiene por qué ser un proceso sufrido; su verdadero motor es, y siempre será, la alegría de ir hacia lo nuevo.
Reconciliarnos con lo nuevo implica entender que el cambio no es un hito aislado, sino la constante evolutiva que define nuestra propia naturaleza humana creadora.